July52012

TODO EL MUNDO SABE QUE ESTO ES NINGUNA PARTE

(publicado originalmente en el Nº 4 de la revista Entropía)

Al partir, desde el momento en que arranca
y en el que las ruedas se precipitan
hacia el vacío incierto del futuro,
las vías que deja atrás se transforman
en albas estelas que se disuelven
bajo el tímido sol de la mañana.
El viaje ha comenzado, el gran retablo
de las marionetas policromadas
cuya épica de madera y cordel
recrea un libreto no redactado.
 
Ya el paisaje acelera su desfile
tras el frío cristal de mi ventana
y desplaza la visión del suburbio
proyectando los colores aún ocres
de una primavera que despereza.
Hay amapolas al borde de la vía
que parecen un sendero rojizo,
no es más que una ilusión de la cinética,
sin embargo, infunden en el viajero
una falsa sensación de destino.
 
Contemplo pequeños apeaderos,
tan destartalados y fantasmales,
y estaciones testigos de otros tiempos
a las que sólo les falta un letrero
con el aviso: ESTO ES NINGUNA PARTE.
“Ninguna parte”, suena en mi cabeza
como una letanía, como un mantra,
pero, ¿acaso existe algo real fuera
de la ficción que rodamos a diario,
de este triste teatrillo de títeres?

Esas estaciones abandonadas
guardan guiones de escenas pasadas,
de cuando aún constituían escenarios
para vidas, amores y tristezas…
De cuando todavía eran pobladas
por frágiles seres que diseñaban
sus melancolías y su ilusión
sobre esos tablados desnudos, diáfanos,
configurando, tan sin sospecharlo,
el espejismo del aquí y del ahora.
 
No hay nadie que se libre de soñar;
nadie que quiera permanecer vivo
huye de los mundos de cartón piedra
que erigimos en nuestra imaginación:
son el salvoconducto necesario
para levantarse cada mañana,
para reunir valor para salir
todos los días sin desmoronarse
y afrontar esa estafa grandísima
que constituyen el espacio y el tiempo.
 
Las estaciones, los andenes, pasan,
fugaces se funden en el caudal
del paisaje, pero antes mi cabeza
modela en sus viejas arquitecturas
figuras femeninas cabizbajas
que escrutan el convoy en su transitar.
Son Galateas sobre pedestales
tallados de la vana roca onírica,
imágenes de un delirio causado
por la más enfermiza soledad.
 
Todas esas efigies melancólicas
que esperan en las distintas paradas
el aliento vital de una deidad
inútilmente, no son otra cosa
que ilusiones cromadas en la niebla;
igual que el falso corazón del tren
que raudo me transporta hacia la noche,
cuyo latido regular mecánico
se afana por emular los misterios
vedados de la vida animal.
 
Al final no es más que una operación
de autoengaño, de venerar sólo
unas fabulas que nos relatamos
para encontrar un lugar, un refugio,
en el que aguantar y sobrevivir.
Somos el viejo aldeano que sueña
su vida en libros de caballería,
que se sumerge en la irrealidad
de un retablo de títeres; y somos
Maese Pedro, el que mueve los hilos.

El bufido salvaje de los frenos
me anuncia la llegada a mi destino:
una pequeña ciudad arropada
por la oscuridad y por la neblina.
El reloj de la estación no conserva
ya sus agujas, es una esfera hueca:
la ficción acaba y el telón desciende.
Como una vaga sombra más me interno
en la nocturnidad de las callejas
dejando atrás la quimera del ser.

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